San Lunes de los Abrazos Contenidos

Hoy fue uno de esos días en los que, sin aviso, se desata el infierno... Pero miento, sí hubo aviso. Es lunes y yo trabajé una hora más de lo que esperaba, tuve muchas reuniones, me duele todo porque ayer decidí ir al yoga y hace mucho que no me movía y hacer planchas es duro para los hombros y las muñecas. Estoy segura que el hijo también tuvo un día pesado - estuvo en la guardería desde temprano y al salir, su maestra me dijo que había tenido un día de: “esto es mío y sólo mío”.
El camino de regreso a casa fue razonable. Siempre es razonable si yo hablo con él y eventualmente le presto un rato el teléfono para que vea televisión mientras recorremos los cinco kilómetros en el tranvía. No faltó hoy tampoco el que pasó a mi lado y me dijo: “entretenido lo tienes, ¿verdad?”, con una sonrisa a medio dibujar. Porque para eso las mamás somos el blanco perfecto: porque todo, todo, todo lo hacemos mal.
Llegamos a la casa, mientras buscaba las llaves para abrir, resultó que su padre abrió la puerta. Y el niño, sin más, salió corriendo y gritando por la calle, dirección a la avenida. Porque el quería abrir la puerta. Lo perseguí con los pies lastimados de los tacones (¿por qué a veces insisto, por qué?) y volvimos después de un rato. Preparamos la cena. Nos sentamos entre llantos porque no quería comer, sino jugar con sus trenes. Lo convencimos y comió un poco, hasta que mejor se fue a jugar. Me comí los restos de su plato. Cuando estábamos recogiendo la mesa, me miró y me dijo: “mamá, tengo hambre. ¿Y mi comida?”. Le ofrecí otra cosa, pero dijo que ya no quería. Su padre aprovechó para repetirle aquello de que hay que quedarse a comer todo el plato, porque luego pasan cosas como que mamá se come la comida. Mamá.
A la hora que decidimos cerrar e irnos a dormir, se desató la locura. Gritos, llantos, pataletas, golpes, lanzamiento de botellas de leche, todo junto. Y yo miraba el reloj y pensaba que era culpa mía porque haber cenado tan lento, por no haber previsto... y me puse a limpiar la leche derramada para recuperar mi ritmo de respiración mientras la pataleta seguía. Subimos la escalera entre llantos y a cuatro manos duramos casi 15 minutos para ponerle la pijama. Gritos. Abrazos. Más gritos. Más abrazos. Pataleta. Más abrazos. Su cuerpo pequeñito es fuerte y enjuto y se convierte en resistencia pura. Yo quiero también ponerme a llorar pero no, no toca.
Me quedé dormida con él. Bajé a trabajar un poco y me encontré con un rosario de emails y mensajes de gente quejándose de que una comunicación que estábamos esperando desde hace semanas es mala, flaca, un poco ridícula. “Sabe pedir más disculpas el presidente de Irán”, dice alguien. Y yo pienso que igual lo que toca con esta persona es abrazarlo mientras se le pasa la pataleta... y luego me pregunto que a mi quién me abraza.
Me como un pedacito de chocolate oscuro. Mañana será otro día.

Comments

  1. Hola Cynthia. Yo te mando un abrazo desde Barcelona ; ) Feliz de "leerte".

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