Confesión Retrasada
Supongo que escribo un poco para flagelarme en público y recibir perdón de por medio (judeocristiana notandeclóset, al final de cuento).
Me confieso #malamadre (y mucho menos cool que las del club).
No le he escrito a mi hijo cartas para que lea en su adolescencia. No tengo un cuadernito donde apunto diligentemente sus milestones. No puedo decidir siempre qué es buena o mala maternidad. Tiendo a caer eventualmente cuando llora. Le enciendo la tele a la primera provocación - incluso a diferentes horas del día. A veces le grito de regreso cuando está en pleno berrinche. A veces quiero salirme corriendo de casa en cuanto se queda dormido. A veces siento que necesito tomarme fines de semana de descanso o noches de gintónics y música pop de la peor calaña.
Mucha gente, incluso el médico, me ha dicho que esto de lo del descanso es sano. Que lo de tener dos años y pico con falta de sueño no es bueno ni física ni mentalmente. Y lo sé. Pero luego no actúo como debo: y me canso de más y por lo tanto soy/estoy mucho más susceptible a todo. A todos. A cada uno de los posibles.
Y ahora escribo en el blog por una mezcla de nostalgia y necesidad de recontarme quién soy - cómo he cambiado. También por querer resanar un poco la culpa de la falta de memorias por escrito: contar
, por ejemplo, que a veces la forma más fácil de hacerlo comer es intercambiar mi plato por el suyo. Que hoy, de camino a la casa, le dije que no traía el teléfono y estuvimos jugando en el tranvía con unas calcomanías y una chica que, fascinada, lo escuchaba decir los nombres de los animales del zoológico en español y en inglés. Que amo con locura verlo sentado en la cama con su padre, leyendo un cuento - replicándole que el cuento no es el que lee. Hace una semana que comenzó a “leernos” los cuentos él. Que se sube la cremallera de pijama él solo. Que hoy le pegó a una compañerita en la escuela y nadie tuvo que contarnos: fue él quien confesó a la mitad de la cena, contrito.
Me parece increíble que hace dos años apenas estaba en el pánico porque mi madre recién se había regresado a México. Que me pasaba los días con él en el sofá, viendo el otoño caer. Hace una semana fui a una reunión en el parque que visitaba cotidianamente durante mi permiso de maternidad - quizá hacía un año que no había caminado por ahí. Los colores están cambiando como cambiaban entonces. El ha crecido, se ha duplicado, se ha convertido en una persona.
Quizá por eso empiezo a encontrarme de nuevo. Y, en el primer diagnóstico, me confieso irremediablemente malamadre... Sólo para escuchar de otras, quizá, o para soltar la mano... que la única manera de volver a escribir es escribiendo.
Me confieso #malamadre (y mucho menos cool que las del club).
No le he escrito a mi hijo cartas para que lea en su adolescencia. No tengo un cuadernito donde apunto diligentemente sus milestones. No puedo decidir siempre qué es buena o mala maternidad. Tiendo a caer eventualmente cuando llora. Le enciendo la tele a la primera provocación - incluso a diferentes horas del día. A veces le grito de regreso cuando está en pleno berrinche. A veces quiero salirme corriendo de casa en cuanto se queda dormido. A veces siento que necesito tomarme fines de semana de descanso o noches de gintónics y música pop de la peor calaña.
Mucha gente, incluso el médico, me ha dicho que esto de lo del descanso es sano. Que lo de tener dos años y pico con falta de sueño no es bueno ni física ni mentalmente. Y lo sé. Pero luego no actúo como debo: y me canso de más y por lo tanto soy/estoy mucho más susceptible a todo. A todos. A cada uno de los posibles.
Y ahora escribo en el blog por una mezcla de nostalgia y necesidad de recontarme quién soy - cómo he cambiado. También por querer resanar un poco la culpa de la falta de memorias por escrito: contar
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| “Mamá, ¿me dijiste que las piedras no se comen? ¡Claro que se comen!” |
Me parece increíble que hace dos años apenas estaba en el pánico porque mi madre recién se había regresado a México. Que me pasaba los días con él en el sofá, viendo el otoño caer. Hace una semana fui a una reunión en el parque que visitaba cotidianamente durante mi permiso de maternidad - quizá hacía un año que no había caminado por ahí. Los colores están cambiando como cambiaban entonces. El ha crecido, se ha duplicado, se ha convertido en una persona.
Quizá por eso empiezo a encontrarme de nuevo. Y, en el primer diagnóstico, me confieso irremediablemente malamadre... Sólo para escuchar de otras, quizá, o para soltar la mano... que la única manera de volver a escribir es escribiendo.

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