Afterhours

Domingo en la noche. Mis padres y mi tía, de visita, duermen en la habitación de arriba. Mi pareja dormita en la sala. Xavi hace lo propio en la habitación, al lado de donde estoy sentada con dos ordenadores y una pila interminable de ejercicios de mis alumnos. Corrijo, leo, comento poco, intento ser justa con las notas. Hay un poco de culpa - estas calificaciones van tarde. Tenían que estar en sistema la semana pasada - o la antepasada. Pero también eso se ve afectado con mis nuevos horarios: cuando uno siente que llega, que lo logra, algo pasa. Esperado o no.

Encuentre a la desvelada
Ahora calculo que tengo para diez ejercicios más antes de que el pequeño se despierte de nuevo. Duerme interrumpido por las noches. Más yo que él, creo. Porque medio despierta y pide leche (teta, cercanía, ritmo de respiración). "Pobre de ti", me dicen. "Qué mal acostumbrado que lo tienes", me dicen. "A su edad ya no es normal", me dicen. Y yo sonrío. Y me imagino que hay muchas otras cosas que no me dicen. Pero tampoco me importa tanto... por lo menos no todo el tiempo.

Pronto me llega mi "pausa" - me interrumpe el pequeño y las ganas de ir al baño. Voy por él, que se revuelve en su cama pegada a la nuestra. Gime como un gatito, y cuando lo tomo en brazos comienza a darme cabezadas de becerro, buscando mi pecho. Se engancha decidido, sin abrir los ojos. Pero sé que está medio despierto porque saca un bracito y, mientras bebe, me acaricia la cara. Suave y torpe, dulce y abruptamente. Respiro.

Estoy cansada. Sigue por ahí la pila de ejercicios por corregir. Voy tarde. Seguramente estoy haciendo muchas cosas mal (como profesora, como madre). Pero ahora, en este momento, pasa. Siento sus manitas en mi cara y se me olvida un poco el dolor de espalda, la mala consciencia, la falta de sueño.

Musito mi mantra: "esto también pasará... y pasará pronto". Xavi se duerme. Ya no es el bebé que me cabía en un brazo, pequeñísimo. Ya ni siquiera es el mismo de esta mañana. Cuando lo pongo en su cama, se gira hacia la izquierda - tiene dos días durmiendo así. Dos días que es otro. Y yo vuelvo a mis correcciones, no sin antes dejarme este mensaje para que no se me olviden sus manitas en mi nariz en otro futuro incierto.

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